¿De quién son realmente las obras públicas?
Cuando se inaugura una obra, casi siempre vemos el nombre de la autoridad de turno en carteles, placas o publicaciones. Y sin darnos mucha cuenta, terminamos hablando de «la obra de tal alcalde».
Pero vale la pena hacernos una pregunta simple: ¿esa obra es realmente del alcalde?
Una avenida, un parque, una losa deportiva no se pagan con el bolsillo de una persona. Se construyen con recursos públicos, para servir a los vecinos.
El alcalde sí tiene una responsabilidad grande: gestionar bien, priorizar, ejecutar y rendir cuentas. Y si lo hace bien, se lo merece el reconocimiento. Pero una cosa es reconocer una buena gestión y otra muy distinta es que una obra pública se convierta en la marca personal de quien gobierna.
Ahí es donde aparece un problema que ya conocemos de sobra: cambia la gestión, cambian las prioridades, y una obra que empezó la autoridad anterior de pronto pierde impulso, queda a medias o simplemente deja de tener mantenimiento.
Y ahí perdemos todos.
Tal vez es momento de mirar las obras de otra forma. Una buena obra no debería terminar cuando termina el periodo de quien la inició. Debería ser parte de un proyecto de ciudad que siga, gestión tras gestión, mientras siga siendo necesaria y beneficiosa para los vecinos.
Porque una ciudad no se construye en cuatro años. Se construye en décadas.
Ese es uno de los retos que tenemos en San Juan de Lurigancho: dejar de pensar en «las obras de una gestión» y empezar a pensar en las obras que el distrito realmente necesita.
Y ahora queremos saber qué piensas tú: cuando cambia un alcalde, ¿las buenas obras y proyectos de la gestión anterior deberían continuar? ¿Quién o qué debería decidirlo?
