¿POR QUÉ CADA GESTIÓN EMPIEZA DE CERO?
Cada elección trae de vuelta la misma pregunta, sin importar quién sea el candidato de turno: ¿cómo se asegura que una buena gestión municipal continúe después de que se acabe el periodo?
No es un detalle menor. Los problemas de fondo de San Juan de Lurigancho transporte, espacios públicos, seguridad, planificación urbana, servicios, desarrollo económico no se arreglan en cuatro años, por más voluntad que haya. Necesitan políticas sostenidas mucho más allá de un solo gobierno.
El problema es que casi siempre entendemos «continuidad» como que la misma persona, o su entorno, siga en el poder. Pero hay otra manera de pensarlo: construir instituciones que funcionen aunque cambie quién las dirige, de modo que los buenos proyectos no dependan de quién gane la siguiente elección.
Y ahí está la diferencia real.
Cuando una obra se convierte en «la obra del alcalde», cuando las placas y las campañas de comunicación resaltan más a la autoridad que al proyecto mismo, la gestión pública se empieza a personalizar. Y lo que suele pasar después ya lo hemos visto: la siguiente administración deja de lado proyectos que funcionaban bien solo porque llevan el nombre de la gestión anterior. En vez de darles mantenimiento, prefieren empezar de cero.
Con eso no pierden los políticos. Pierden los vecinos.
Las obras públicas no son del alcalde de turno. Son de la ciudad.
Por eso el mejor legado de una autoridad tal vez no sea mantenerse presente en la política, sino dejar un municipio con planes de largo plazo, proyectos bien sustentados, equipos técnicos capaces y mecanismos que permitan que lo que funciona, siga funcionando aunque cambien las caras.
En las democracias que funcionan mejor, las instituciones pesan más que las personas. Los proyectos buenos sobreviven a los cambios de gobierno porque se pensaron para el interés público, no para lucirse en una gestión.
Eso es lo que le hace falta a San Juan de Lurigancho: políticas que no dependan de quién esté gobernando ese año, obras que reciban mantenimiento sin importar el color político, y una visión de desarrollo compartida para los próximos veinte años, no solo para el próximo cartel de campaña.
La pregunta, entonces, no debería ser solo quién administra el municipio. Debería ser cómo construimos una gestión capaz de durar más que cualquier alcalde.
Los alcaldes cambian. Los vecinos se quedan. Y el distrito sigue ahí, para bien o para mal, mucho después de que se bajen las banderas de campaña.
