Alcalde por 4 años: ¿gerente de ciudad o figura decorativa?

Cada cuatro años elegimos alcalde en San Juan de Lurigancho. Vemos candidatos, propuestas, carteles, recorridos. Y casi nunca nos hacemos la pregunta obvia: ¿para qué elegimos a un alcalde?

¿Para que inaugure obras y salga en fotos? ¿O para que dirija una organización que tiene que hacer funcionar una ciudad de más de un millón de personas?

¿Qué hace en realidad un alcalde?

La Ley Orgánica de Municipalidades lo dice sin rodeos: la alcaldía es el órgano ejecutivo del gobierno local, y el alcalde es su representante legal y máxima autoridad administrativa.

Cuando hablamos de «gerente de ciudad» no hablamos del cargo de gerente municipal. Hablamos de algo más simple: capacidad de gestión. El alcalde tiene que liderar una organización que maneja presupuesto, personal, servicios públicos, fiscalización, seguridad, limpieza, parques, infraestructura, todo en cuatro años. Por eso una buena gestión no puede depender solo de él. Necesita equipo técnico, prioridades claras y capacidad de ejecutar.

Gobernar no es aparecer

Una inauguración se fotografía. Una obra se promociona. Un video junta miles de reproducciones. Nada de eso prueba que la ciudad esté bien gestionada.

La gestión real casi nunca tiene cámaras cerca: planificar una inversión, destrabar un proyecto, administrar bien el presupuesto, supervisar una obra, corregir lo que no funciona. Gobernar no es mostrar resultados. Es producirlos.

Presupuesto no es resultado

Una municipalidad puede tener millones presupuestados y gestionar mal igual. La pregunta no es cuánta plata tiene, sino cuánto ejecutó, en qué, qué problema resolvió, si la obra quedó terminada, si el servicio mejoró.

Y ojo: ejecutar presupuesto tampoco garantiza nada. Se puede gastar mucho y lograr poco. El criterio debería ser más exigente: capacidad de ejecución, calidad del gasto, resultados para el vecino.

No elegimos solo a una persona

Esto casi nunca se discute en campaña. Cuando votamos alcalde, también ponemos la ciudad en manos de quienes lo acompañan: gerentes, funcionarios, equipos técnicos. Son ellos los que convierten promesas de campaña en expedientes, contratos y obras reales.

Conocer al candidato ya no alcanza. Falta preguntar quiénes gobiernan con él, qué experiencia tienen, si han manejado organizaciones complejas, si conocen SJL de verdad. Un candidato puede comunicar excelente. Pero una ciudad no se administra con comunicación.

Candidato y alcalde: dos trabajos distintos

Un candidato convence. Un alcalde gestiona. Uno presenta visión; el otro tiene que convertirla en resultados. Uno promete una obra; el otro tiene que hacerla viable, presupuestarla, ejecutarla, terminarla. Uno busca votos; el otro responde ante todos los vecinos, hasta ante los que no votaron por él.

Ahí está uno de nuestros errores más comunes: evaluamos muy bien al candidato y casi nada al posible alcalde.

Antes de votar, cambiemos las preguntas

No alcanza con «¿qué obras va a hacer?». Hace falta preguntar: ¿cuál es su plan para SJL? ¿Sus tres prioridades? ¿Quién arma su equipo técnico? ¿Cómo piensa financiar y ejecutar lo que promete? ¿Con qué se va a medir, en cuatro años, si cumplió o no?

Y una que incomoda más: ¿qué experiencia demuestra que está preparado para administrar una ciudad de este tamaño?

No pedimos candidatos perfectos. Pedimos subir el estándar con el que los evaluamos.

Propuesta Pensar SJL

De cara a las próximas elecciones proponemos algo simple: no evaluar solo candidatos, evaluar posibles gobiernos municipales.

Que los candidatos presenten en público sus prioridades, metas, plazos y equipo técnico. Que los debates discutan problemas concretos de SJL y no solo consignas. Y que esas propuestas queden registradas para poder volver a ellas después de las elecciones y preguntar: ¿se cumplió o no?

Elegir alcalde no debería ser un concurso de popularidad. Le estamos entregando la conducción de la ciudad por cuatro años.

¿Estamos eligiendo al mejor candidato o al mejor alcalde?

Pensar SJL
La ciudad que queremos.

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