Vecinos con voz: ¿realmente nos escuchan o solo nos usan?
Hay momentos en que los vecinos parecemos muy importantes.
Nos llaman a reuniones, nos piden firmas, nos invitan a inauguraciones y nos toman fotografías junto a las autoridades. Nos dicen que nuestra opinión cuenta y que somos parte de las decisiones.
Pero, cuando termina la reunión y se apagan las cámaras, queda una pregunta pendiente:
¿Realmente nos escucharon o solo necesitaban que estuviéramos allí?
No toda reunión vecinal es participación. A veces, los vecinos somos convocados cuando la decisión ya está tomada. Nos explican lo que se hará, nos permiten hablar unos minutos y luego presentan nuestra asistencia como respaldo ciudadano.
Estuvimos presentes, sí. Pero eso no significa que hayamos decidido algo.
Cuando el vecino se convierte en parte de la foto
En política, una fotografía con vecinos vale mucho. Transmite respaldo, cercanía y aceptación.
Por eso, durante las campañas y también durante una gestión, algunas autoridades buscan rodearse de dirigentes y organizaciones sociales. No siempre para escuchar sus demandas, sino para mostrar que tienen el apoyo de la población.
Una reunión puede terminar convertida en propaganda. Una obra pública puede presentarse como un favor personal. Un dirigente puede aparecer hablando en nombre de cientos de vecinos que nunca fueron consultados.
Y así, casi sin darnos cuenta, dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en parte de la escenografía.
Pero sería demasiado fácil dejar toda la responsabilidad del lado de las autoridades.
Porque, aunque nos incomode reconocerlo, algunas veces también permitimos que nos utilicen.
Aceptamos una invitación sin preguntar para qué. Firmamos un documento sin leerlo completo. Aplaudimos una promesa sin saber si puede cumplirse. Dejamos que alguien hable en nombre de todo un barrio solo porque tiene acceso a la municipalidad.
Y cuando aparece un candidato, todavía hay quienes cambian su respaldo por una atención, un regalo o una promesa personal.
Entonces, el problema ya no es solamente que quieran utilizarnos. El problema es que también estamos renunciando a nuestra propia voz.
Un ejemplo concreto: ¿quién tiene voto en SJL?
En San Juan de Lurigancho existe el presupuesto participativo, el mecanismo donde en teoría los vecinos deciden en qué se invierte parte del presupuesto municipal. El reglamento vigente (Ordenanza N° 498-MDSJL, año fiscal 2026) pone una condición que casi nadie conoce: para tener voto, para ser lo que la norma llama «agente participante», hay que representar a una organización social inscrita en el Registro Único de Organizaciones Sociales (RUOS), con al menos un año de antigüedad y un representante designado en asamblea.
O sea que la opinión que decide en qué se gasta ese dinero no la pone cualquier vecino. La pone la organización a la que pertenece, si es que pertenece a alguna y si esa organización está inscrita.
En 2026 el proceso terminó con 15 proyectos ganadores, según el propio anuncio de la municipalidad. Proyectos reales, con vecinos reales detrás. Pero cabe preguntarse cuántos de los más de un millón de habitantes de SJL supieron siquiera que ese proceso estaba ocurriendo.
El mecanismo en sí no está mal pensado: organizar la participación por representantes es casi la única forma de que un proceso así funcione en un distrito tan grande. El problema es otro. Si participar formalmente ya exige estar organizado, el vecino sin junta, sin tiempo o que nunca fue convocado queda fuera antes de empezar.
Elegimos representantes, no salvadores
¿Por qué elegimos a alguien para que nos represente?
Porque una ciudad de más de un millón de habitantes no puede reunirse todos los días para decidir cada obra, cada norma o cada gasto. Necesitamos autoridades que administren, planifiquen y resuelvan problemas que individualmente no podríamos enfrentar.
Elegimos a alguien para que asuma esa responsabilidad.
Pero representar no significa reemplazarnos.
A veces pareciera que esperamos encontrar a una persona que pelee todas nuestras batallas: que piense por nosotros, que vigile por nosotros y que resuelva aquello que nosotros no queremos —o no podemos— enfrentar.
Votamos, elegimos y luego nos retiramos.
Durante cuatro años dejamos la ciudad en manos de quienes ganaron. Recién volvemos a mirar cuando aparece un problema, una denuncia o una nueva campaña electoral.
Después nos preguntamos por qué nadie rindió cuentas.
La democracia no puede funcionar de esa manera. No basta con elegir a una autoridad y esperar que haga lo correcto. También necesitamos observarla, preguntarle, exigirle y, cuando corresponda, reconocer lo que sí funciona.
Informarnos también es nuestra responsabilidad
No todos tenemos tiempo para revisar expedientes, presupuestos u ordenanzas. Tampoco necesitamos convertirnos en especialistas en gestión municipal.
Pero sí podemos hacer algo básico: informarnos antes de decidir.
Saber qué puede prometer realmente un alcalde. Conocer para qué sirven los regidores. Preguntar cuánto cuesta una obra, de dónde sale el dinero y cuánto tiempo debería tomar. Revisar quiénes acompañan al candidato y qué antecedentes tiene.
Porque cuando no contamos con esa información, terminamos eligiendo por la fotografía, la frase más emotiva o la promesa más atractiva.
Y allí comienza buena parte del problema.
Las autoridades tienen una responsabilidad mayor. Administran dinero público, toman decisiones y están obligadas a rendir cuentas. No pueden culpar a los vecinos por aquello que ellas deciden a puertas cerradas.
Pero nosotros tampoco podemos actuar como si no tuviéramos ninguna responsabilidad.
También elegimos. También respaldamos. También callamos. Y, algunas veces, preferimos no saber.
Participar no es aplaudirlo todo
Una ciudadanía activa no es aquella que está en contra de todas las autoridades. Tampoco la que aplaude cada anuncio.
Es la que mantiene su independencia.
Un dirigente vecinal puede reunirse con un alcalde sin convertirse en su operador. Puede respaldar una buena obra y, al mismo tiempo, exigir explicaciones por aquello que no se cumple. Puede reconocer una gestión sin sentirse obligado a defenderla.
Las obras públicas no son regalos. Se pagan con recursos de todos.
Tampoco una reunión, una fotografía o una invitación deberían comprar nuestro silencio.
Participar de verdad significa poder preguntar sin miedo, discrepar sin ser apartado y apoyar sin quedar comprometido políticamente.
Significa que nuestra opinión sea escuchada antes de tomar una decisión, no solamente cuando se necesita justificarla.
La pregunta que también debemos hacernos
Sí, muchas veces los vecinos somos utilizados.
Nos buscan para la fotografía, para la firma, para llenar una reunión o para mostrar respaldo durante una campaña.
Pero hay una pregunta todavía más difícil:
¿Qué estamos haciendo nosotros para evitarlo?
¿Conocemos a quienes hablan en nuestro nombre?
¿Preguntamos antes de respaldar?
¿Nos informamos antes de votar?
¿Seguimos vigilando después de las elecciones?
San Juan de Lurigancho no necesita vecinos obedientes ni ciudadanos que solo aparezcan para protestar. Necesita personas informadas, organizadas y capaces de mantener su independencia frente al poder.
Porque tener voz no es solamente poder hablar.
Es saber qué estamos defendiendo, a quién estamos respaldando y qué debemos exigir.
Elegir a alguien para que nos represente no significa entregarle nuestra responsabilidad.
En realidad, significa asumirla.
